DE LA IMPORTANCIA DE FOMENTAR EN LOS GRANDES Y PEQUEÑOS LA CULTURA DEL CUIDADO DE LA NATURALEZA

Caminar por senderos ecológicos, montañas o bosques es una experiencia poco incentivada en la vida cotidiana, más aún cuando el afán del día no permite realizar este tipo de prácticas sanas de manera periódica. Sin embargo, todos somos conocedores de los beneficios que trae para nuestra salud realizar actividad física pero más allá de estos efectos, está el placer por satisfacer la curiosidad de conocer qué esconden los cerros, paisajes y tesoros naturales que tan lejos sentimos de ser nuestros, cuando precisamente, eso son.

Muchos han sido los esfuerzos que se han hecho desde las administraciones distritales, municipales y hasta organizaciones comunitarias en el restablecimiento del equilibrio en la naturaleza, en tratar de frenar un poco el daño ambiental que por desconocimiento o simplemente desinterés, causamos al ecosistema (y digo causamos, porque todos tenemos un poco de responsabilidad en ello, ya sea por causa u omisión), no obstante, esta tarea de proteger o al menos de no dañar, es mucho más sencilla cuando conocemos y vivenciamos estos paisajes.

Existen procesos de reflexión que pueden enmarcarse en este tipo de actividades desde infantes hasta abuelos y si estamos atentos es posible percibir un efecto diferenciador en los niños, donde dependiendo del paisaje es posible explicar procesos como el del agua donde hablamos que esta nace en las montañas, más precisamente en los páramos, donde los frailejones actúan como una enorme esponja que condensa la humedad y así filtrar el agua… Saben cuál es la respuesta más común de los niños a la pregunta: ¿De dónde viene el agua?: “De la llave”, “Del Carulla” o “de la tienda” (…) y así mismo sucede cuando preguntas por naranjas, bananos, cocos o los mismos vegetales, nuestros chiquitos desconocen su origen… Eso que para nosotros es obvio, para algunos niños nacidos en estos tiempos, no lo es tanto.

Cuando un niño siente esa realidad tan lejana a él, a la propia, es complejo incentivar una cultura del cuidado y no sólo de la naturaleza, de él mismo o del otro. Cuando le permitimos a nuestro hijo vivenciar este tipo de experiencias, una nueva conciencia se crea en ellos, una que permite sentir y comprender el mundo con unos ojos diferentes, unos que pueden comprender la fragilidad de la vida por pequeña o grande que esta sea, comprendemos que ese ecosistema que veíamos a lo lejos y que creíamos ajeno, es tan o más frágil que nosotros mismos, es así como ese paisaje necesita de alguien que lo defienda, lo proteja, pero estamos enseñados a proteger lo que nos importa y si desconocemos la riqueza que habita en las montañas, en la naturaleza, en “nuestros cerros” difícilmente defenderemos lo que desconocemos.

En los adultos resulta un poco más complejo debido al factor tiempo en la mayoría de los casos, el afán de la vida, desplazó aquello que es importante pero no urgente: Es importante dedicar tiempo a nuestra salud, a nuestro cuerpo… pero es más urgente atender cuestiones laborales ligadas la mayoría del tiempo a temas económicos y es así, como casi de forma automática desechamos la posibilidad de conocer un nuevo paisaje natural. Resulta más sencillo cuando ya se ha sembrado la curiosidad de conocer, cuando hemos participado en alguna actividad de índole ambiental y cuando esta experiencia resultó tener un efecto positivo.

Retomemos esa sana costumbre de caminar por la naturaleza, reconociendo lo que vemos y sentimos, permitámonos asombrarnos de nuevo con lo que nuestros ojos pueden ver, nuestros oídos escuchar o nuestros sentidos percibir, llevemos con nosotros a nuestros hijos y hablémosles acerca del cuidado que requiere la naturaleza de nuestra parte, de las pequeñas acciones que sumadas hacen la diferencia: Arrojar la basura en los lugares destinado para ello, iniciar o fortalecer la cultura del reciclaje y la separación de las basuras, fomentemos el conocimiento de las especies que habitan los lugares que conocemos.

De nosotros también depende que nuestros hijos protejan aquello que nosotros cuidamos.

 

Proyecto “Actívate con el Ambiente” 2014. Caminatas por los Cerros Orientales, Bogotá D.C.

 

 

Cuando la mente no está…

animalpuracallewSantiago miró su reflejo en el espejo roto, buscando entre los pedazos que aún quedaban un recuerdo, una imagen que le fuera familiar, algo… algún indicio que le indicara por qué estaba allí y por qué su rostro no le parecia conocido…

Recuerda haber estado caminando en la noche con su maleta llena de libros, una botella de Vodka y un regalo envuelto en papel metálico rosa… pero ahora, no poseía ninguno. Estaba en medio de la nada… con un espejo en la mano, buscando respuestas en una mente a la que ya no le quedan recuerdos, una mente vacía del pasado pero llena de preguntas por el futuro.

Revisó sus bolsillos esperando no encontrar nada… pero de uno de ellos sacó un papel escrito a mano que decia: “Búscame… encuéntrame”

 

Filomena y sus 12 Probetas.

filomenawFilomena es una chica, nacida en el planeta Tierra, aunque algunas veces pareciera que viene de la Luna, su mente tiene la habilidad de desconectarse de la realidad y aunque ella lo considera una ventaja única, sus amigos, conocidos y familia, piensan que algun tornillo le falta, sin embargo es feliz o bueno intenta serlo todos los dias.

El desconectarse del ahora, es para Filomena su método de escape, es la posiblidad de escaparse de la realidad, una que la absorve, una que la atrapa y le roba como cual vil sanguijuela, la vida. Antes era para ella un verdadero problema, ahora lo considera un don o ¿A quién no le gustaría en algún momento o situación, simplemente desaparecer?.

La Génesis de una Pasión

No fue de la noche a la mañana que adquirí este gusto y pasión por el café, pero no cualquier café… por el realmente bueno. Mi madre ciertamente no consideraba un acto fatal que su niña comenzara a tomar a tan temprana edad (8 años). Uno que otro sorbo de esta bebida que debo confesar, me sabía a diablos… pero su aroma me gustaba. Claro, para ese entonces, bebíamos el café normal… el que todos toman, con azúcar (¡error fatal!) y acompañándolo con algún panecito, pasaboca o galleta (¡segundo error fatal!).

Continué creciendo así como mi gusto por el café. En mis épocas de trasnocho universitario era mi compañía más preciada, no porque me ayudara hacer el desvelo más fácil (la cafeína nunca me espantó el sueño) sino porque su sabor (que ya me había cautivado) me encantaba y al mismo tiempo me quitaba el frío… pero continuaba bebiendo el mismo café comercial de siempre… ese que mi abuelita preparaba, el mismo que mi mamá por aquello de que “Mejor malo conocido que bueno por conocer” usa actualmente, (no he logrado hacer que cambie de opinión, jum!)

Y sin percatarme, el café siempre ha estado presente en mi vida: En las reuniones con amigas donde ellas bebían Capuccino de sabor X o Café Latte, en mi casa en las tardes el típico tintico endulzado con panela, en reuniones familiares donde se acostumbraba y se acostumbra aún a tomar el conocido carajillo (Un tinto fuerte sin azúcar y con aguardiente) o simplemente después de almuerzo para evitar el sueño… ha sido esa presencia desapercibida pero permanente… tanto así que para ese entonces y tempranamente, ya los males del cuerpo comenzaban aparecer y mi médico se salía de casillas literalmente cuando le decía: “No nos engañemos Doc, que usted sabe que prefiero que me prohíba el agua, pero no el café”.

Fue en esa época, que un amigo, “mi Mentor”, me abrió las puertas a un mundo inexplorado, a variedades que no conocía, a sabores y profundidades que me conquistaron… fue así, como conocí que el café, el buen café, existía, y con él me esperaba un mundo lleno de sabores.

El recorrido por el universo del café, inició en el centro de Bogotá, donde en un olvidado centro comercial, que en su época fue parte de la crema y nata de la sociedad bogotana, se encontraba un “puestico” muy modesto, debo decir, para la cantidad de sensaciones que me haría despertar.

Foto: Manuelhache, 1950.                     Manuelhache,1950.

Recuerdo mucho lo que mi Mentor me dijo: “Tómese este tinto y dígame a que le sabe”… – Pues a Café le respondí luego de beber el primer sorbo. “Vuelva a tomar, pero no piense y concéntrese en su boca y en su naríz”. ¿Cómo…? Y al ver su expresión de: “Simplemente tome y no pregunte” hice caso, cerré los ojos y con la mente en blanco, olfateé ese café que tenía en la mano… y fue curioso debo confesar, porque al sentir su aroma no sólo el del café en sí, percibí también un aroma cítrico… como a limón y a su vez dulce. Sé que mi Mentor lo supo… acto seguido me dijo, siga con la mente en blanco y ahora beba… aquel café era diferente: su sabor tenía una marcada acidez pero a la vez un dulzor y su aroma una pronunciada  presencia a limón… yo no entendía como un café que estaba sin azúcar conservara un sabor dulce. Ese día mi Mentor me recordó, que el café es una fruta y es una fruta dulce.

Al terminar la tarde, ya habíamos tomado una cantidad considerable, cuyos efectos aparecieron en la noche. Sí, para aquella época, la cafeína tenía un efecto bastante evidente en mi organismo… efecto que con el tiempo desaparecería pero nunca lo haría éste gusto por aquella bebida… bebida que apenas comenzaba a enseñarme su universo maravilloso de sabores, aromas y variedades.

Nuestras visitas a los cafés continuaron y con ellas vinieron las interacciones con los dueños de aquellos sitios, a quienes siempre mi Mentor preguntaba: ¿De dónde viene el café? ¿A qué altura está ese sitio? ¿Cuánto tiempo tuvo de fermentación?… Nunca entendía por qué preguntaba siempre lo mismo…  Pensaba: ¿Qué carajos tiene que ver el lugar del cultivo, la altura y la fermentación con el café que bebíamos siempre?… De eso depende todo, respondió. De eso y otras cosas depende la calidad del café…

Y adivinen  qué tuve que hacer… Sentarme a leer.

“Repítelo cuántas veces sea necesario, hasta que quede grabado como tatuaje en la cabeza o hasta que el corazón se convenza de que es cierto”

sonamosPeseATodo

¿Cuántas veces nos han advertido de no hacer algo… de evitar una situación y sin embargo hacemos lo que tanto nos advirtieron que no hiciéramos?

¿Cuántas veces dejamos de seguir consejos por querer cambiar el rumbo de alguna acción, que de una u otra manera, siempre termina mal?,

¿Por qué creemos firmemente que con la buena intención basta?.

¿Y por qué creemos que tenemos la solución una vez que ya hemos metido la pata?.

Funciona:

  • no pensar demasiado, funciona no “reflexionar” muchas veces acerca de lo mismo…
  • que la primera solución o respuesta, la más simple la más corta la más práctica, es la que funciona…
  • hacer lo que sientes de verdad… aun cuando después, duela.
  • olvidarte que el mundo te mira, te observa… funciona mirarte con tus ojos, con tu verdad.

Y a veces funciona: 

Repetírtelo cuántas veces sea necesario, hasta que quede grabado como tatuaje en la cabeza o hasta que el corazón se convenza de que es cierto… porque simplemente por más que desees cambiar la realidad, por una u otra razón, sabes que no es posible o que temes a la Acción-Reacción de aquello que no conoces…

Repetirlo… una y otra vez… recuerda…

“Una mentira se convierte en verdad si la repites lo suficiente para convencerte de ella”